domingo, 17 de octubre de 2021

La puerta abierta

Y allí estaba yo, delante de ella, de mi jefa, en su despacho. No interpuso mesa entre nosotros que pudiera entorpecer nuestro encuentro. Muy al contrario, se sentó frente a mí, mostrándome unas piernas maravillosas enfundadas en medias negras transparentes. Sentí la erección al instante. Esa noche me masturbaría rememorando esas piernas. Bueno, todo su cuerpo. Estaba espléndida. Creo que nunca la vi tan bella. Si esa tarde le hubiesen extirpado la voz nuestra relación nunca habría acabado.

«…por eso, Sánchez, te valoro tanto. En los diez años que llevo dirigiendo esta revista erótica nunca había tenido una pluma tan buena como la tuya. Haces del erotismo un arte y logras que los lectores se exciten leyéndote. Eso solo lo logran los mejores.

Solo a ti he permitido una segunda oportunidad, pero creo que no estás bien. Sé por tu compañera que interpretas cosas de mí que no son correctas. Es inadmisible que lamieras la mejilla de aquella adolescente, que le pusieses una peluca a la puta que quisiste confundir conmigo…».

Estaba utilizando toda la información que le proporcioné para justificar un discurso tan desolador.

«…fíjate, Sánchez, quizás si no hubieses perdido la cabeza de esta forma y yo -dudó un momento-. Sí, tú y yo podríamos haber tenido algún escarceo íntimo. Reconozco que me masturbaba con tus relatos, que incluso -volvió a dudar un instante-. Que incluso he fantaseado contigo. ¡Joder, nos dedicamos a expresar el erotismo, así qué…!

Pero no como tú lo entiendes, no abusando de mujeres, vejándolas, despreciándolas, obsesionándote conmigo.

Sánchez, no sirvió de nada aquella terapia. Tu compañera me contó que cada vez necesitas que el sexo sea más duro. Que no follas, sino que batallas y, por eso, es impensable que muestres una vida normal.

—¿Sabes?, esa puerta siempre estará abierta para ti —afirmó, mientras yo volvía la cabeza y comprobaba que efectivamente lo estaba y que, tras ella, su secretaria y mi compañera, con la que batallaba y follaba duro, aguardaban como testigos—, pero el temor a que hagas una locura conmigo me lleva a tomar una decisión.

Sánchez, debes entender que no es el fin. Que te despida no implica que no puedas encontrar otras opciones, pero aquí ya no puedes continuar».

Claro que me masturbé esa noche. Me coloqué una bolsa en la cabeza mientras lo hacía, procurando un aire tan viciado que, incluso, perdí la consciencia unos segundos.

Desperté, la recordé, volví a masturbarme y, agotado, dejé que el sueño aplacara mi desesperación, la frustración de perderla definitivamente.

¿Y ahora?

No supe qué responderme. Escribir erotismo, dejar que mis fantasías siguieran aflorando sería la senda que nunca abandonaría. Quién sabe, algún día lo mismo podría volver a ser Sánchez, u otro personaje o, por qué no, mi misma jefa. En cualquier caso siempre lo haría desde esa línea tan sublime que separa la cordura de la locura, el lugar más placentero que existe, y donde el erotismo discurre confundido con el mismo hecho de vivir.


domingo, 3 de octubre de 2021

El encuentro

 

Llegó el día. Nos contemplamos con la pasión de quien ha esperado mucho para alcanzar la cima del éxtasis que nos aguardaba. Follamos como locos. El deseo contenido alcanzó metas imposibles de prever con anterioridad a ese encuentro.

La observé en la cama, completamente desnuda, estaba boca abajo, me esperaba de nuevo. Me contuve unos segundos, mi erección no entendía la tardanza y me tumbé encima de ella. El pene encajó a la perfección en su vagina. Tensé los brazos, apoyándolos sobre la cama y logré la posición exacta para que el movimiento de mi pelvis arremetiera con una cadencia cada vez más intensa.

Notaba cómo abría las piernas, y buscaba la mejor posición posible para que yo pudiera entrar hasta el fondo de su ser.

—¡Me tenías muchas ganas! —Exclamé, con la voz entrecortada por el esfuerzo que realizaba.

—Sí —respondió.

—Jefa, no entiendo por qué te resististe a que sucediera lo que está pasando por fin.

—No sé —continuó buscando el aire que cada vez ansiaba con más necesidad.

Paré justo cuando me corrí en ella y uní mis labios a su oído. Le susurré:

—Hacía mucho tiempo que soñaba con follarte así, jefa.

—Sí, ya —fue su áspera respuesta.

—¿Acaso nos has disfrutado? —Pregunté, con el temor a que su respuesta me hiriera.

—Sí, cariño, mucho —me tranquilizó.

—¡Bien! —La besé—. Dame quince minutos y ponte a cuatro patas en la cama, que me

apetece mucho follarte así.

—Claro —asumió sin más.

Aproveché para ir al servicio, me aseé y aguardé a que la erección fuera acorde a lo que iba a suceder a continuación. Ella, mi jefa, me esperaba como le había solicitado. Era tan explícita que no necesité decirle nada más. Me puse detrás de su culo, la agarré por las caderas y comencé a empujar con fuerza. La golpeé con rabia, como si de una yegua rebelde se tratara y tuviese que someterla. Sus gritos me excitaban aún más y, entonces, mostraba más agresividad. Le hablé con toda la sordidez que fui capaz de construir en una mente centrada solo en follarla. Volví a correrme y me dejé caer en la cama, a su lado.

—¡Dios, qué zorra eres jefa!

—Sí —afirmó, mientras se apartaba de mí, para salir de la cama.

—¡Me has vaciado guarra! —La insulté, agarrándome la flaccidez que quedaba de mí.

—Sí, eres muy macho —me miró con cierto resentimiento.

Observé su culo, enrojecido por mis golpes, marcado por mí, al tiempo que se vestía. Se marchaba, quizá tuviese trabajo, una reunión…, o quizá no:

—Vale, tío, págame los trescientos euros —me pidió con dureza, lanzándome la peluca.

Busqué el dinero y se lo entregué.

—Menuda paranoia tienes con tu jefa. Tú sabrás. Chao

La prostituta se marchó de aquella habitación de hotel, mientras yo, sentado en la cama, expulsaba las primeras lágrimas observando la peluca que le pedí que se pusiera mientras follábamos. Era lo único que quedó de mi jefa, el final de una fantasía sin más futuro que la paja que me haría cuando volviera a recuperar la tensión necesaria.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Reconocimiento


—No puedo creer lo que dices —afirmé, sorprendido por lo que mi compañera me contaba acerca de la última conversación que había mantenido con mi jefa.

—Sánchez, cuando fui a su despacho, para preguntarle si me encargaba de tu sección, tal como me dijo que podía pasar, tuve esa conversación. Como te la he contado.

—¡Vaya! —No podía evitar seguir sorprendido—. Entonces, ¿crees que me dirá algo?

—En breve. Seguro. La tienes en el bolsillo —hizo una pausa—. Después de todo lo que liaste, que siga confiando en ti es una suerte.

—¿Suerte?

—Bueno, realmente es la consecuencia de ser tan bueno escribiendo —se sonrojó.

Percibí la mezcla de timidez y vergüenza, pero no podía dedicarme a ella en ese momento. Preferí acomodarme en la silla de la terraza en la que estábamos tomando café, mi compañera y yo, y me recreé en sus palabras:

«Es muy bueno. No puedo prescindir de él. Cuando escribe pone cachondo a todo el que lo lee. Yo misma, después de leer alguno de sus artículos he tenido que solucionar la excitación que sentía».

Mi jefa reconociendo a mi compañera que, en más de una ocasión, se ha masturbado pensando en mí. Cuando me lo contó no pude ser más feliz. Yo tenía razón, el deseo existía por ambas partes, aunque entendiera que no podía manifestarlo abiertamente. Yo, al fin y al cabo, solo era un becario a sus órdenes, si bien se estaba abriendo una puerta muy interesante para mis intereses personales, y sexuales, con ella.

Es cierto que alguna de las soluciones que buscó para saciar su deseo no terminó de gustarme:

«En una ocasión solicité cita con mi masajista, un amigo muy especial, después de leerle. Él podía solucionar mi necesidad. Mientras me masajeaba recordaba alguna de las escenas que Sánchez había creado, y obtenido de esa mente tan especial. Ese día, después del masaje, le eché un polvo brutal a mi masajista. Créeme, fue increíble».

Con todo, tampoco me iba a detener en estas pequeñeces. De momento no existía ningún compromiso entre nosotros, y ambos actuábamos con la libertad de dejar que nuestra sexualidad inundara a quien apareciera por nuestras vidas en el momento exacto, cubriendo la necesidad concreta que no podíamos saciar juntos.

—Siempre pensé que a ella le gusto —afirmé.

—No es esa la conclusión que debes obtener de esta conversación —contradijo mi compañera.

—¿Ah, no? ¿Y cuando te contó que «me pone muy cerda ser la protagonista de las fantasías de Sánchez»?

—Pero, Sánchez, debes entender que…

No la dejé continuar, y volví a mi mundo interior, en el que me dejé seducir imaginando con qué tono de voz diría lo de ponerse muy cerda, la excitación que habría sentido al comentarlo, y si había mojado las bragas a rememorarlo, comprobando que era la reina de mis sueños. En fin…

¿Qué sabría mi compañera de nuestra historia? La relación entre nosotros era tan especial, no era comprensible para los demás. Y menos ahora que ella, al fin, dejaba la puerta abierta. Esa puerta que tanto deseaba alcanzar, dejando atrás las fantasías y sueños y comenzando una aventura real con ella, con mi jefa.

 

domingo, 5 de septiembre de 2021

Te echo de menos

 

Deseaba hacerle ver mi recuperación, que se sintiera feliz al comprobar cómo por ella fui capaz de reinventarme. De ser un nuevo Sánchez que, convencida, me permitiera recuperar mi rol en la revista. Que, en definitiva, volviera a confiar en mí. Y lo hice como mejor sé: escribiendo:

Dos meses enteros sin tu presencia ha sido la mayor tortura que un hombre enamorado puede experimentar. Enloquecí por ti, por el amor que sentía, que aún sigue ahí, aunque ahora se muestra agazapado, temeroso, incapaz de mostrarse en su versión más animal, más natural quizás. Lo he podido recluir en la mente, que solo le permite pensarte, idealizarte, desearte.

Solo eso, pensamientos que, en ocasiones, dejo que se transformen en fantasías e ilusiones, pero solo eso. Ya no debes temer que un día esas fantasías pasen a convertirse en realidad y entonces…

¿Qué si sufro? No te imaginas cuánto. No hay día que no me levante con el pene erecto, buscándote entre mis últimos sueños, esperando hacer realidad cualquiera de las imágenes que terminan por inundar la cama de un semen que desearía haber vertido en ti, en cualquiera de los lugares que lo ansiaran, que desearan ser sometidos por ese líquido blanco que subrayase el deseo culminado después de explorar tu cuerpo.

Porque es cada parte de tu cuerpo la que al anochecer imagino cómo son cubiertas de besos y caricias, contemplando como tú no puedes evitar retorcerte en escorzos que, en apariencia, quieren evitar que siga, pero que esconden una realidad diferente.

—Sánchez, no dejes de tocarme.

—No paro, amada, pero necesito beber el néctar que expulsas buscando que mi lengua lo rescate, y lo transfiera a mi boca donde pueda unirse con una saliva cada vez más ácida.

—¡Deja de hablar entonces, y cómeme el coño, ya!

Y yo, fiel a tus órdenes, dirijo mi boca, mi ser, al lugar que protege tus piernas, maravillosas, que separo hasta que tocan la cama y dejan una oquedad rosada que abre el camino a un lugar oscuro, pero seguro, a un sitio donde el placer se hace levedad y el líquido que forma nuestra unión conduce a…

—¡Fóllame, dios, fóllame ahora!

Y embistiendo en tu cuerpo toda la lujuria que nos une, dejo que mi miembro se haga fuerte dentro de ti, procurando aguantar lo suficiente mientras aguardo tu próximo orgasmo, otro más.

—He mejorado, ¿lo has notado? —Le pregunté, mientras me recuperaba de una unión tan profunda y salvaje.

—¿Qué si has mejorado? —A horcajadas sobre un pene en recuperación, mostraba una mirada ida—. Sigue mejorando un rato más, Sánchez, y sigue follándome.

Este fue el relato que envié a mi jefa, con el que esperaba poder reiniciar nuestra relación de amor interrumpida por un trastorno mental inoportuno.

viernes, 20 de agosto de 2021

Curándome


Decidí hacer algo. No podía seguir así. La deriva sexual que estaba adoptando mi vida iba a peor y las consecuencias podrían llegar a ser dramáticas. Aquel último encuentro me hizo recapacitar y me puse en manos de una psicóloga que tenía su consulta muy cerca de donde estaba de vacaciones.

—Sánchez, ha mejorado mucho en estos dos meses que llevamos viéndonos. Tengo muy buenas sensaciones con usted—. Aquí le entrego el informe donde confirmo esta impresión y le recomiendo una serie de cuestiones que debe tener en cuenta para no recaer.

—¿Cree que podría volver a cometer esas locuras? —Pregunté expectante.

—Bueno —dudó-. Usted es muy activo sexualmente. Recuerde que quedó conmigo después de pasar la noche con tres mujeres al mismo tiempo.

—Sí, lo recuerdo. Pero acuérdese usted que ellas se mostraron mucho más activas que yo. No dejamos de fo… Perdone —me sonrojé.

—No se preocupe. Debe hablar sin reprimirse. Es la mejor manera de recuperarse.

—En ese caso… Le decía que no dejamos de follar durante toda la madrugada. Casi tuve que salir de allí huyendo.

—Ya, Sánchez, pero a usted le gusta experimentar ese tipo de situaciones. Lo negativo no es su elevada actividad sexual, sino el hecho de asociarla obsesivamente a su jefa.

—Es cierto, pero la que me hizo la primera felación me recordaba tanto a mi directora, que no tuve más remedio que…

—Que no tuvo más remedio que obsesionarse con ella, llamarla por su nombre, tratarla como si fuera ella…

—A ella no le importó. Me dijo “llámame como quieras, pero no dejes de follarme”. Entenderá que esas circunstancias no ponen las cosas fáciles.

—Sánchez, usted ha mejorado mucho, pero debe diferenciar con claridad la realidad de la ficción, para que no ocurran cosas como la de la heladería.

—Aquella adolescente lamía el helado… —me detuve un instante para recordar—. ¿Usted se mete toda la bola de helado en la boca y después la saca para continuar así hasta que termina por desaparecer?

—No es importante cómo chupe yo el helado. ¡Se lanzó a ella y le lamió la cara!

—Pase la lengua por su mejilla para saborear los restos del helado que quedaban y después, si no me hubiese pegado esa gran hostia…

—Lo importante es que ahora ya no sería capaz de hace algo así, ¿verdad?

—¡Claro que no! —Respondí, demasiado rápido.

Salí del despacho con el documento que garantizaba mi nuevo estado psicológico. Ahora podría volver a retomar mi trabajo, hablar con mi jefa, y hacerle ver que todo iba a cambiar.

Fui a mi hotel, me desnudé y tomé el móvil. Busqué la foto de la psicóloga. Sabía que cada tarde, a las seis, se bañaba en una playa no muy lejana de donde yo me hospedaba. Un pequeño bikini negro, el pelo recogido, castaño y lacio como el de mi jefa. Su cuerpo tan espectacular como el de ella. ¡Me la recordaba tanto!

Cuando me masturbé contemplando la foto que pude hacerle en un descuido, no la confundí con mi directora. Efectivamente estaba mejor, ya diferenciaba realidad de ficción. Una ducha y a la piscina del hotel. Quién sabe, lo mismo me encontraba con una que…


domingo, 8 de agosto de 2021

Un reencuentro inoportuno

 

La llamé. Ignoro el motivo que me condujo a citarme con ella en el chiringuito de aquella playa, que fue testigo de mi hundimiento. Algo más de lo que ya había descendido a la sima desde mi última entrevista con la directora.

No olvidaba que a ella le iba el sexo con fuerza, y yo lo que necesitaba era una forma de canalizar mis fantasmas. Llevaba una semana de vacaciones y, tal como me exigió mi jefa, no mantuve ningún contacto con la empresa.

A ver, recapitulemos. Ahora que estoy solo en la habitación del hotel, que ya ha pasado lo peor, no voy a seguir mintiendo. Claro que conocía el motivo. Después de que la directora de la revista me planteara la disyuntiva entre tomar unas vacaciones o irme a la calle despedido, no dejé de pensar en ella, con rabia, con odio, despechado. Masturbarme pensando cómo la follaría no mejoraba mi inquietud.

Por esa razón quedé con aquella mujer que me lo había enseñado todo sobre el sadomaso. La cité para follar, para qué si no, y después de recibir una gran cantidad de golpes, órdenes y humillaciones, me tocó a mí.

—Ponte a cuatro patas.

—¡Estás cachondo, ¿eh, guarro? —Era su forma de mantener el nivel alto.

Se puso como le ordené y, agarrándola fuerte por las caderas, empecé a empujar con toda mi energía.

—¡Cómo te gusta, zorra!

—¡Eh, sí que me gusta, pero no golpees tan fuerte!

—Vamos, pídeme más —golpeé con más fuerza su culo.

—¡Sánchez, lleva cuidado! —Me avisó, sin dejar de follar en ningún momento.

—Vamos, jefa, dime ahora que me quieres echar —comencé a delirar.

 —¡Tío, deja de pegarme! —Gritó.

—Venga jefa, que sé que te gusta.

Me metió tal hostia, que aún me duele cuando me paso la mano por la mejilla izquierda.

—¿Tu jefa, gilipollas? ¿Así que es verdad que estás como un cencerro, como cuentan por la revista?

Me empujó, me dio una patada en los huevos, y me dejó lamentándome, arrodillado en una esquina de la habitación.

—Cuando la jefa se entere de esto sí que te va a echar, imbécil.

—No, por favor, hagamos un trato —Susurré, porque la voz era incapaz de salir del cuerpo, por el dolor que sentía.

Cuatro horas después, tras una retahíla de ruegos, lamentos y más lágrimas, ella pudo apalizarme con ganas. Se vengó a gusto, aunque reconozco que no estuvo nada mal el placer que, al final, alcanzamos. Ella hizo lo que más le gustaba, humillarme, y yo seguí caminando por esa línea extremadamente fina que separaba el deseo por mi amada de la locura debida a ese mismo deseo.

—No será por mí por quien se entere, Sánchez, pero lo tienes muy jodido. Eso sí, follar contigo después de humillarte es muy bueno.

—Gracias —No se me ocurrió nada más que decir.

—No, hombre, gracias a ti, que me da que voy a poder disponer de tu cuerpo a menudo —me lanzó una extraña sonrisa.

En ese instante dejé de pensar.

domingo, 25 de julio de 2021

Vacaciones

No me correspondían las vacaciones en julio, pero mi jefa decidió que era preferible que cogiera el primer turno y «que me relajara». Dicho así parecía un buen deseo, pero yo sabía que no era eso, sobre todo cuando añadió: «o te vas de vacaciones o te despido». Lo cierto es que el impacto de sus palabras me atenazó, que mi diosa me hablase de esa forma fue insoportable, si bien entendía sus razones.

Llevó muy mal que la galería donde expusieron aquellas esculturas maravillosas, se quejara a la dirección de la revista de que no era razonable mi comportamiento: yo solo me había masturbado tres veces delante de aquella mujer que me recordaba tanto a… Y lo asumí, debía recrearme con el castigo que mi jefa quisiera ejercer sobre mí.

Fue error mío, sí, pero como otros incidentes que habían ido ocurriendo, desde que estaba trabajando con ella, solo deseaba normalizar mi sexualidad, y no lo conseguía de becario en una revista donde el sexo es el centro de nuestras vidas. A veces el problema aparecía cuando me aproximaba a las fuentes de documentación, y ocurrían incidente. Sin embargo, la mayoría de ocasiones las causas se debían a mis conductas erráticas. Todos esto sería diferente si mi jefa, mi amor platónico…

¿Platónico?

Al principio quizás fuera un sentimiento romántico, los primeros días, en los que me deleitaba escuchándola, contemplándola, persiguiendo los besos que se le escapaban al respirar, como recordaba la canción.

Después no fue así. Y, ahora, conforme pasaba el tiempo, era mucho peor. En el momento que cerraba los ojos la imaginaba a ella, y desde luego no desde una perspectiva etérea, sublime. Muy al contrario.

De hecho, cuando salí de su despacho, tras detener mi corazón amenazándome con despedirme, fue increíble. Me recosté en el asiento, cerré los ojos y rememoré cómo acepté su propuesta.

—¡Por favor no me eches! —Supliqué.

—Sánchez, me lo pones muy complicado.

—Sé que mi conducta no ha sido adecuada, pero a tu lado puedo crecer y…

—No se trata de eso —Interrumpió—. No puedo creer que te atraiga más una escultura que —dudó un instante— yo, que una mujer de verdad quiero decir.

—¡No es así! —Alcé la voz.

—¡Pero si te corriste en su cara!

—Imaginando que era la tuya —Confesé.

—¿Qué dices, loco?

—Decenas de veces he soñado con ese momento, y con otros.

—Es tan real —Apenas

—¿Otros, Sánchez?

—Sí, sueño con tus tetas, con acariciarte el culo, agarrar con fuerza tus glúteos, separarlos y después…

—Detente, Sánchez, ¿Qué te ocurre? —Volvió a interrumpir mi discurso.

—Jefa, tú sabes que te deseo y que me vuelve loco estar contigo y…

—Mañana te vas de vacaciones o te despido. Ya te avisaré cuándo debes reincorporarte.

Muchas veces he divagado por mi imaginación, delirando, creyendo que eran situaciones reales, hasta que volvía a la realidad. En esta ocasión fue diferente, me dejé arrastrar por la urgencia de sentir que podía perderla, por la pasión que siento cuando estoy a su lado, y opté por lo peor: decirle todo lo que sentía, sin ningún filtro, en caliente, tal cómo yo me sentía en ese momento,

Me fui de vacaciones, con la angustia de no saber si algún día volvería y, caso de hacerlo, con qué rostro me postraría ante ella.

Me fui desesperado. 

domingo, 11 de julio de 2021

Hiperrealismo

Acudí a la galería de arte como me habían sugerido. El tema entroncaba directamente con mi trabajo, ya que se trataba de una exposición de escultura hiperrealista, a tamaño natural, de diferentes tipos y estilos de desnudos. No sabía nada de este arte, pero a mi jefa le pareció interesante que acudiera y yo, cuando ella me ordenaba…

Me encontré con la sala vacía, salvo por la chica encargada de la exposición. En diferentes posturas, y en distintas alturas, pude observar los nueve desnudos femeninos y el único masculino.

Impresionantes.

Como habría dicho mi madre, les faltaba hablar. Todos los detalles que pudieran esperarse estaban. El color, el tratamiento de la piel, las irregularidades, las señales del paso del tiempo. Todo.

Era extraordinario, el tiempo que estuve contemplándolas fue agobiante, esperando que se movieran en cualquier momento. No sé qué me habría proporcionado más miedo, en caso de encontrarme solo en la sala, ¿esas esculturas u otro tipo de alegorías?

Seguí disfrutando de la exposición, a pesar del agobio, hasta que la vi a ella. La única escultura vestida y, sin embargo, la más impactante. De rodillas, apoyando su culo sobe los talones de los pies, cubierta por un vestido negro que, al margen de las piernas, no dejaba mostrar nada del resto de su anatomía.

¡Pero su rostro! Esa era la clave del erotismo expresado de una manera magistral. Los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia arriba y la boca entreabierta, junto a las manos apoyadas, por encima del vestido, en la zona de su sexo, obligaban a recrear en la imaginación que se encontraba en el momento máximo de su orgasmo.

Quedé hipnotizado.

No supe cómo reaccionar.

Instintivamente puse mi mano cerca de la erección que empezaba a sentir. Concentré mi atención en aquella mujer, sin nombre, extraordinaria, hasta que la memoricé. Cerré entonces los ojos y sucedió.

Se inundó de vida.

Abrió los ojos, observé cómo cayó alguna lágrima, si bien su expresión continuaba siendo orgásmica. Movió las manos y las introdujo por debajo de su vestido. Fue entonces cuando comenzó un movimiento rítmico e intenso de frotación.

¡Se estaba masturbando ante mí!

Mantuvo la boca abierta, dejando que la lengua asomara con timidez, la percibí seca. Quizás la saliva se había evaporado por la necesidad irregular de respirar. Los ojos volvieron a ocultarse. La expresión de éxtasis se perpetuó y las manos volvieron a su lugar inicial.

Pareció que su rigidez era idéntica a unos minutos antes. Todo movimiento finalizó, como probablemente también había acabado ella.

Abrí los ojos, la responsable de la sala me miraba con enfado, observando la enorme mancha de mi pantalón.

—¡Otra vez masturbándote! —Me gritó, mientras me indicaba la puerta de la galería para que saliera de ella.

—Es tan real —Apenas fue un susurro.

No aguanté el llanto, inicio de la eclosión emocional que me atrapó en ese preciso instante… otra vez. 

domingo, 27 de junio de 2021

Masaje Fusión 2.0


Tras responder aquella última pregunta, y superar el impacto que supuso haber estado con una prostituta sin saberlo, y pagando unos servicios sexuales prestados con rigurosidad, pero que generaron una fuerte desazón en mis principios, pensé que quizás debía introducirme en la sordidez del mundo del placer de pago, ese que resulta en apariencia ilegal, y que supone una de las industrias más poderosas.

Así fue como establecí mi siguiente objetivo literario: los masajes eróticos. Necesitaba a alguien que se dedicara a este tipo de masajes. De hecho, aunque no fuera la misma situación, aquel masaje que nos regaló mi jefa, dejó en mí una puerta que sentía abierta desde entonces, que tocaba ahora atravesar.

Después de mucho investigar contacté, a través de su página web, con una estudiante de odontología, que financiaba todos los gastos de la Universidad mediante la apretada agenda de masajes. Me encontró un hueco para poder establecer un primer contacto. Era muy aplicada, como pude comprobar lo que me hizo pensar que, sin duda, sería una gran dentista.

—¿Entonces el masaje fusión con dos relajaciones?

—Sí —Respondí con la seguridad aparente del que ha acudido a servicios mucho más sórdidos y, en cierta medida...

—Ya sabe que vale todo, que será cuerpo con cuerpo y se correrá dos veces. Suele durar unas dos horas —Continuó informándome.

—¿Así de sencillo? —Pregunté atemorizado.

—Si le cuesta orgamar la segunda vez, no se preocupe, me encargaré yo de que el final feliz suceda como está previsto —sonrió—. Y si va muy rápido continuaremos por otras partes.

El inicio, cuando ella masajea todo el cuerpo, con un aceite aromático, es especialmente sensual. Es imposible que en una situación así, donde ambos nos encontramos desnudos, la erección tarde en aparecer.

Ella no accede de inmediato al pene, sigue su protocolo de caricias y masajes por las zonas previstas y, en su momento, sí se dirige a él, iniciando una masturbación lenta, ya que no existe la prisa. Es el mayor momento de intimidad. En ese instante, si moverte demasiado, piensas en cómo acceder a tocarla a ella. Es una necesidad básica, quieres acariciar su piel y…

—Recuerde que puede tocar todo menos el coño —volvió a sonreír.

Quizás sea esa la razón de que te centres en masajear su culo, acariciar cada parte de sus pétreos glúteos. Buscas más arriba y, coincidiendo con tus deseos, sus pechos quedan tan cerca de la otra mano que no dudas. Los alcanzas. El primer orgasmo ocurre y la eclosión de emociones se traslada a otro mundo, el onírico, allí donde crees encontrar a quien te gustaría que estuviese en ese lugar contigo. En mi caso mi jefa, a la que tanto deseo.

Se concentra entonces en la cabeza, cuello, brazos… Deja que te recuperes, porque la segunda "relajación" debe ser aún más potente. Debe convertirse en el viaje del héroe que vuelve cambiado a las manos de la futura dentista, mejorado, una y otra vez. Es una experiencia mística y deseas, como sea, orgasmar en su boca. Esto suele ser una excepción, pero a veces…

—Normalmente el coste son 200 euros, pero como solo buscaba información me bastará con que me pague 100.

—Gracias —respondí, reflexionando acerca de que esperaba que no se notara demasiado mi primera relajación, que ocurrió al inicio, justo al comenzar a hablar.

—Si alguna vez viene no solo a escuchar, le aseguro que lograré que aguante más que hoy —sonrió por última vez, justo antes de despedirme en la puerta.

domingo, 13 de junio de 2021

La Quinta Pregunta


Todo escritor sufre, en ocasiones, fases de paralización en su creatividad. De repente, sin saber la razón, la inspiración desaparece y no sabes qué escribir. A veces no existe una explicación objetiva. Sin embargo, yo lo asociaba a la inquietud que sentía debido a ese acercamiento-alejamiento continuo que experimentaba en la relación con mi jefa.

¡Claro que la deseaba! Cada día me gustaba más, y con más frecuencia se alejaba después de hacer un nuevo acercamiento. Al menos, así lo experimentaba yo, provocándome reacciones y sentimientos erróneos.

De esa forma deambulaba los últimos días. Más de una vez mi despiste me llevó a bajar del metro varias paradas después de mi destino. Un desastre, porque además vivo de mi imaginación y ésta no estaba afinada y, por tanto, no podía trabajar. No la acompañaban las musas que tan habitualmente estaban ahí.

La vi entrar justo cuando debía bajar. No pude. Su potente atracción me obligó a seguirla y sentarme frente a ella, en diagonal para guardar la distancia de metro y medio que obligaba las normas sanitarias, que exigía la pandemia que estábamos sufriendo. Me centré en sus piernas, generosamente mostradas gracias a un pantalón corto, ajustado, diminuto, que las dejaban libres, moviéndose en una danza de seducción que me atraía cada vez más.

Intenté dejar de contemplarla y cuando subí la mirada hacia sus ojos, estos se clavaron en mí, sujetándome al asiento, hipnotizado, Me sonrieron, creo que sus labios también, aunque andaban ocultos tras la mascarilla. Me sonrojé.

—¿Te puedo hacer cinco preguntas?

—Sí —respondí, sorprendido.

—¿Te gusta lo que ves?

—Mucho —no dejaba de observar esos ojos penetrantes, duros, maravillosos.

—¿Me lamerías el coño?

—¡Dios, claro!

—¿Me comerías el culo?

—Sí —no pude detener la erección que pugnaba por romper la cárcel que suponía mi pantalón.

—¿Te gustaría besarme?

—Ahora mismo.

—Vale, entonces ven conmigo —se levantó con rapidez para bajar en la siguiente parada.

—¿Y la quinta pregunta? —Faltaba una seguro.

—Cuando me folles —terminó de someterme.

Terminamos en su casa, en la cama de su habitación, follando como no recordaba. Me hizo cosas que no hubiese imaginado. Fueron varios orgasmos casi unidos, sin la recuperación necesaria. Ella se encargó de mantener la linealidad del placer a lo largo de más de tres horas que estuvimos dando rienda suelta a todo lo que fuimos capaces de crear entre ambos cuerpos.

Cuando estábamos a punto de despedirnos, acabando de arreglarme en el cuarto de baño, mientras ella esperaba en el salón, vestida solo con una bata que apenas cubría su espectacular cuerpo me preguntó:

—¿Efectivo o tarjeta?

La quinta pregunta llegó al fin. Me dejó impactado, sin saber qué responder, y sin dinero. Comprendí que las sorpresas que te da la vida, en muchas ocasiones, aparecen en forma de gestiones comerciales, incluso cuando es la atracción sexual la que está en la transacción. O quizás por esa misma razón.

Lo cierto es que pagué con tarjeta. Nunca llevo tanto efectivo encima

domingo, 30 de mayo de 2021

Fetichismo

—Fetichismo, Sánchez —ordenó mi jefa nada más entré en su despacho.

—¿Cómo? —Pregunté sin saber qué quería transmitirme con esa palabra.

—El próximo tema de tu artículo erótico —hizo una ligera pausa—. El fetichismo pone a la gente a cien y tú sabes cómo hacerlo.

No se refería a que supiera cómo transmitir cuestiones relacionadas con el fetichismo, sino a mi buen hacer como articulista, que aprovechó para reconocérmelo. Admitió que la revista había ganado calidad con los artículos que yo iba escribiendo.

—Te aseguro que me tienes muy satisfecha. Lo que escribes penetra con habilidad en la gente, tanto en hombres como en mujeres. ¿Cómo decirte? Al terminar de leer tu trabajo te quedas con ganas de más y eso, en todo lo relacionado con el sexo, es una garantía de éxito. Ahora se trata de hacerlo igual con el próximo, sobre fetichismo. Mira.

Para mi sorpresa, se levantó de su asiento y se dirigió a la silla que se encontraba a mi lado. Cruzó las piernas, provocando que la falda se elevara unos centímetros, nunca los suficientes, dejando su pierna derecha muy cerca de mí. Estaba enfundada en una media negra transparente que me excitó sobremanera. Su pie, escondido en un zapato de tacón alto, finalizaba la imagen que atoró mi mente, dejando que fuera el pene quien marcara los argumentos que se agolparon entre mis pensamientos. ¡Cómo hubiese deseado terminar de subir su falda, arrancar el tanga blanco, que seguro llevaría, y…!

—Contémplame y di dónde enfocarías los elementos del artículo que te estoy pidiendo.

—En tus pies —respondí con inmediatez.

—Amplía el argumento, Sánchez.

—Me arrodillaría ante ti, te quitaría el zapato que, con cuidado, dejaría en el piso, y comenzaría a besarte el pie. Besos que irían subiendo por tu pierna…

—¡Joder! Me gusta el enfoque en primera persona. Le da fuerza. Continúa.

—Mis manos irían marcando el camino. La senda que conduciría mi lujuria supondría escalar las dos piernas, y mi lengua que ya habría escapado de mi boca, para lamerte a través de las medias, las abriría, con el temor de quien se adentra en un mundo, de momento desconocido y entonces…

—Es que eres muy bueno Sánchez —se acomodó en la silla, moviendo hacia adelante su culo, reposando su cabeza en la pared más cercana, y permitiendo que la falda subiera algunos centímetros más. Abrió las piernas, lo suficiente, y comprobé que efectivamente su tanga era blanco—. Sigue.

Sentí que esa última palabra la esbozaba en medio de un leve gemido. Yo no podía detener mi erección, que ansiaba una libertad, añorada siempre que estaba ante mi jefa. En ese instante mucho más.

—Bajaría las medias, quitándotelas del todo. Lamería tus piernas, cada vez más abiertas, sin dejar de observar el tanga blanco, húmedo. Olería tu sexo, fin último del momento en el que te pediría profanar el sagrado templo que supone tu coño. Me arrodillaría, me sometería esperando tus órdenes y entonces…

—¡Dios, Sánchez, para!

Se levantó de la silla, se colocó la falda en su lugar y volvió a su asiento, el de jefa que ordena, que somete a sus deseos un juego cada vez más insoportable, no por poco deseado, sino por todo lo contrario: no sabía cómo resistir y mantenerme ante ella sin decirle «termina», «dame tus órdenes», «poséeme».

—Fantástico. Ponte a trabajar en él. Puedes marcharte.

Me levanté, se qué observó la tensión con la que inicié la retirada. Pensé en ella, como un ser inalcanzable en el que idearía el artículo, buscando ahora el final más urgente en el cuarto de baño.

domingo, 16 de mayo de 2021

Lascivia de Juventud

 

«Dejó caer el tirante izquierdo de su vestido y, a continuación, el de su brazo derecho. Cuando la prenda llego a sus pies, ante mi se encontraba su cuerpo, espléndido, joven y casi diáfano. Solo una breve braga restaba por expulsar de un desnudo integral, maravilloso, que había creado para mí.

Me miró, a penas fue un leve soslayo, que acompañó de una sonrisa que me invitaba, aún sabedora de que no podía ir. Debía quedarme en el sillón, sin dejar de contemplarla, sin evitar que unas primeras lágrimas de emoción brotaran de mis ancianos ojos, que no deseaban otra cosa que memorizar cada parte de esa juventud insolente, etérea, apenas liberada de la edad en que hubiese sido delito la escena que se estaba representando en la habitación de hotel donde nos escondíamos.

Delito ya no era, tan solo por uno días. Pecado seguro que sí, e inmoral, quizás. Pero condenado al infierno, no me importó abandonar mi mirada a un recorrido por sus pies, escasos, pequeños, llenos de lujuria, que una mente trastornada como la mía podía apreciar. Por sus piernas, recorridas con el sufrimiento de la lentitud para comprobar una piel tersa, que deseaba acariciar, deseaba llegar a la meta. Y al fin su sexo, ajeno a cualquier vello que impidiera ver la estrechez del lugar seguro, donde su néctar saciaría mi sed.

¿Después?

Seguí buscando rincones, escondidos entre sus nalgas, que mostró danzando ligeramente ante mi vista cansada, no de ella, sino de los años que se acumulaban. Su pequeño culo cabría en una de mis manos, porque la otra subiría por su espalda para atrapar el cabello rubio que cubría gran parte de la zona que besaría, que lamería.

¿Después?

Continué, excitado, buscando sus breves senos, y sus pezones, apenas insinuados en la obra de arte que se acercaba. La invité a venir, a arrodillarse ante mí para que sus labios acogieran mi enseña, el motivo de mi locura. Deseaba que se transformara en la puerta de entrada con su boca, que preferí imaginar grande, a la gruta que sería la garganta profunda donde poder finalizar mi viaje».

—Es espectacular —aseveró mi compañero—. Ahora entiendo que hayas batido el récord de visitas.

Se refería al hecho de que mi último artículo hubiese superado, en más de un veinte por ciento, el mejor registro de una entrada a artículos eróticos de sagas, como denominaba la directora a secciones como la mía, en la que un protagonista iba contando sus andanzas sexuales, manteniendo un hilo conductor en cada uno de los artículos que se iban editando.

—Muchas gracias —Respondí.

—Ahora entiendo, Sánchez, que tengas a la jefa entregada a ti.

—Bueno… —Sonreí, para no terminar de decirle que ya me gustaría que fuera así.

—Te digo yo que se ha corrido de gusto. Y además te lo va a decir. Prepárate.

—¡Qué bruto eres!

—¡Sánchez, ven a mi despacho! —La voz de mi jefa surgió, de repente, desde el final del pasillo, donde se hallaba.

—Las bragas mojadas del todo. Si lo sabré yo —vaticinó el compañero.

Lo abandoné regocijándose en lo que pudiese pasar a continuación. Corrí en su dirección. Solo pensaba que no me importaría ser quien, de rodillas ante ella, comprobara tan excitante posibilidad.

domingo, 2 de mayo de 2021

La conversación

Era una simple reunión de trabajo. Tocaba organizar el próximo número de la revista, y mi jefa quería concretar conmigo el tema que debía abordar en mi artículo.

Me senté muy cerca de la puerta de su despacho, no estaba cerrada, una pequeña rendija dejaba pasar la luz que atravesaba su ventana, pero sobre todo su maravillosa voz. Me resultaba tan fácil imaginármela formando parte de mi mundo erótico…

Sin embargo, esta vez no me pillaría, como otras veces, en las que navegaba por su cuerpo etéreo, hasta que se hacía real, a través de una llamada de teléfono o, en ocasiones, con su propia presencia, y mi mundo ficticio se hundía en un abismo. Estaría atento para entrar en el momento que me llamara.

—Sánchez, procura estar atento para cuando te llame -dijo su secretaria levantándose de su silla.

—Eso he dicho —afirmé.

—¡Cómo! —Exclamó extrañada.

—Nada —Respondí rápido y sonrojado.

—Yo salgo ya. Ella te avisará cuando termine las llamadas de teléfono que tiene pendientes.

Me despedí de la secretaria cuando se marchó. Aún estaba ruborizado. Mi imaginación siempre me jugaba malas pasadas, y presté atención. Al principio era solo un murmullo. Debía estar tratando asuntos relacionados con el trabajo o con su familia. Sin embargo, de repente el volumen fue incrementándose y, sin querer, fui introduciéndome en su conversación. No soy un chismoso, pero la verdad es que resultaba muy fácil escucharla. Parecía que el tema le animaba y, fruto de la intensidad, alzaba más la voz.

Mi jefa, sin esperarlo, se exhibía ante mí, supongo que ignorando que yo lo escuchaba todo. Solo a ella, pero fue suficiente…

—Podrás no creerme pero fue así. De verdad. Me tenía sometida en la camilla, me había dado un masaje espectacular y al colocarme, con su ayuda, mirando hacia arriba, esperaba que me diera una toalla para cubrirme algo, y no fue así.

—¡Que sí!, Completamente desnuda. Y de inmediato los pezones se pusieron como piedras. Él se dio cuenta y sonrió.

—¿Después? No lo miré más, no podía resistirme. Lo dejé hacer.

—Sí, bueno, sería parte del masaje pero las tetas bien que me las tocó. Los pezones reventaban. Te lo aseguró.

No podía creer lo que estaba escuchando. Mi diosa violentada por un masajista. A pesar del enfado no pude evitar una erección tremenda, conforme me la imaginaba encima de la camilla, mancillada. Intenté ocultarla, la erección, cruzando las piernas.

—Y cuando bajó la mano… no dejó ni un lugar importante sin explorar —la carcajada de mi jefa se debía al gran placer obtenido, no a que su cuerpo hubiese sido ultrajado, más bien se debió al arrobamiento sentido.

—Pues claro que dejé que me lo hiciera. Después de dos orgasmos fabulosos iba a poner objeciones —su risa fue aún más intensa.

—Y cuando me metió eso, no supe si volaba o era una alucinación. Sentí que las dimensiones eran impresionantes. Imagínatela.

—¿Qué si pasó algo más? Ya te contaré todo lo que me hizo.

Apareció, entonces, un silencio muy denso.

Me sonrojé, seguí disimulando la erección sin saber qué hacer y esperé. Muy poco. Salió enseguida, sonriente, pero percibí cierta sorpresa al verme.

—Hola Sánchez —dudó un instante—. ¿Teníamos reunión?

—Sí —fue mi escasa respuesta.

—Está bien, pasa. Estaba hablando con mi hijo. Ya sabes, tareas del colegio.

«Tareas», susurré, mientras caminaba cabizbajo, pensando cuáles serían las demás tareas que le hizo el masajista.

domingo, 18 de abril de 2021

Masaje

Según los últimos datos que se manejaban en la dirección de la revista, nuestro alcance en cuanto a nuevos lectores había tenido una subida muy importante. Desde que trabajaba allí, como becario, habíamos logrado ese incremento. No me atrevería a decir que fue consecuencia de mis artículos, pero coincidían los datos con la publicación de los mismos. No lo diría, desde luego, pero mi imaginación hacía sus cálculos y, sinceramente, me gustaba pensar en la posibilidad de que existiese cierta relación.

Como recompensa por ese gran éxito, mi jefa nos regaló, a todos los miembros del departamento creativo, una sesión de masaje. Después de los días tan intensos que se sucedieron con los nuevos aprendizajes que adquirí, en materia de sexo, un masaje le vendría bien a mi maltrecho cuerpo.

Fue así como decidí acudir un lunes a los Salones Paraíso, por ser el día que menos personas acudirían, o eso pensé. Desde luego era la jornada en la que menos carga de trabajo teníamos, por lo que consideré que la elección era la adecuada. El lugar me recibió con una música relajante, acompañada de sonidos procedentes del mar, la brisa… y me atendió una recepcionista, muy atenta, que me asignó inmediatamente la persona encargada de mi masaje. También la temperatura, algo elevada, agradable, y necesaria para cuando tuviera que desnudarme sobre la camilla me acompañó.

Lo que no esperaba era coincidir allí con mi jefa que, con un bata de seda negra como único atuendo, esperaba el momento de entrar en su sala.

—¡Hombre, Sánchez, a relajarte, eh! —Ironizó.

—Sí, pensé que…

—Anda, no piense tanto y déjate llevar. ¿Te han hecho alguna vez un masaje perineal?

—No, la verdad es que no.

—Pues te aconsejo que te dejes conducir, pongas la mente en blanco y…

—¿Y?

—¡Que goces, Sánchez! Que siempre te veo demasiado rígido.

Se rió, mientras se marchaba con el masajista. Dejó entrever unas piernas maravillosas que pude apreciar hasta el inicio de… ¡Joder!, debajo de aquella bata no había nada más. Bueno, su cuerpo, espléndido, cargado de la lujuria que siempre asociaba a él. ¿Ha dicho perineal?, me pregunté creyendo modificar el sentido de una realidad que iba a conocer de inmediato.

—Acompáñeme señor Sánchez -solicitó una masajista, también muy bella, con poco que envidiar a la musa de mis sueños.

Y así fue como me dejé hacer.

La primera parte consistía en un masaje por espalda, brazos, trasero, piernas y, después, el final, el abordaje de la zona perineal. Fue entonces cuando sentí que esas manos no me eran ajenas, las conocía de sobra porque… ¡era mi jefa! La que aplicaba toda su sabiduría a esa zona tan especial de nuestro cuerpo.

Los dedos se detuvieron, y entretuvieron, en el perineo, y al estimularlo percibí, como me había avisado la masajista, una chispa eléctrica que recorría todo mi cuerpo, primero por la zona frontal y, tras atravesar mi cabeza, descender por la zona dorsal, y vuelta a empezar, generando una sensación continua de placer indescriptible.

Aquello incidió también en la zona sexual, provocando una erección como no recordaba. Creí que no resistiría demasiado y tuve que pedírselo.

—¡Termina! -grité a mi jefa.

—¡Sánchez, por favor, no! No se da cuenta que…

—¡La que no se da cuenta eres tú!, ¡no ves cómo me tienes!

Cuando la masajista logró despertarme, anunciándome que estaba teniendo un sueño muy intenso, me encontré con mi mano derecha sujetando el pene dirigiéndolo hacia ella, casi diría que en posición amenazante.

—Ha debido soñar con alguien muy especial —Sonrió, ofreciéndome una toalla para ocultar mi realidad.

—Sí, en exceso especial para mí —Terminé de sonrojarme.

domingo, 4 de abril de 2021

Sexo y video: El aprendiz

            

Su rostro desencajado y aquella boca abierta, buscando aire con el que recuperarse del orgasmo que estaba sintiendo, fue lo que más me excitó. Detuve el video y volví a repetir la escena de ese momento, lo uní a mi mente, a lo que sentí en aquel instante, y no pude evitar que una nueva erección se hiciera protagonista esa tarde, en el despacho, mientras añoraba la experiencia exacta vivida, en la que, entre gemidos, sé que se corrió.

Sus pechos, abundantes, balanceándose al ritmo que marcaba la velocidad de sus caderas, que arremetían con la angustia del náufrago que sabe que puede ahogarse en el intento, pero que no evita el riesgo de caer en el maravilloso abismo porque el premio final es el clímax más tremendo.

        —¡Ya, Sánchez, aguanta! —Gritó tras la victoria conseguida.

        —No puedo más —grité también.

        —¡Hostias, aguanta cerdo!

        Comencé a frotar con mi mano izquierda el lugar donde la erección se convertía en irresistible. Por encima del pantalón seguí el mismo movimiento que sus caderas, frenéticas, con los pies bien consolidados en el suelo, mientras sus piernas se convertían en los remos perfectos, fuertes, que provocaban una navegación segura hacia el éxtasis.

        —¡Dios! Me he corrido otra vez —disminuyó el tono de su voz—. Aguantas bien cabrón.

        —Sí —Apenas fue un susurro.

        No es verdad que aguantara bien. La percepción de irrealidad fue creciendo conforme me dominaba. Era la primera vez y no me costó doblegarme ante sus deseos, cual siervo sometido de antemano.

        Detuve el video y contemplé su rostro pleno de placer. Sudaba. El esfuerzo realizado la había dejado agotada. Me corrí. No fui consciente de que había aumentado el ritmo sobre el bulto más de lo razonable y llegué al punto de no retorno. Ya me ocuparía del incidente cuando tuviera que salir del despacho, y disimular la mancha que crecía sin solución, pensé. Perdí la concentración después del leve momento de placer y continué disfrutando el video. Era ya el final. Ahora se desabrocharía el arnés.

        —Lo peor es que me suda demasiado el coño —me informó.

       —Ya —dije, intentando recuperarme de la invasión que el enorme falo de plástico había culminado en mi ano.

        —Pero merece la pena. Te ha gustado, ¿eh, Sánchez? Lo he notado.

        —Sí —afirmé no muy seguro.

    —Recuerda aplicarte una pomada. Los desgarros anales son muy dolorosos. Te has portado bien para ser tu primera vez —aseguró, acariciándome la cabeza como si fuera su perro, quizás mejor su cerdo.

        Desde luego no era solo placer. Cada vez que revisaba el video, que mi compañera de trabajo decidió grabar sin avisarme, me servía para prestar atención a los matices que obvié al escribir el artículo. Este relato iba a resultar bueno y a mi jefa le iba a gustar seguro. Hasta sangre había, tal como me había pedido.

¡Lo sabré yo!

Me levanté con cuidado de la pequeña almohada en la que apoyaba el culo desde aquel encuentro sexual, y emprendí camino al baño. Nunca imaginé lo duro que resultaría hacerme un hueco en este trabajo. Pero, créeme, trabajar en una revista erótica es muy exigente.

La puerta abierta

Y allí estaba yo, delante de ella, de mi jefa, en su despacho. No interpuso mesa entre nosotros que pudiera entorpecer nuestro encuentro. Mu...